.
.
.
.
.
Somos tierra de marineros y pescadores, de gentes que partían a la mar en busca de peces y de ballenas jugándose el tipo, porque el océano es hermoso pero traicionero, y sus hijos no se rinden al arpón o a las redes sin presentar antes batalla. A lo largo de nuestra vida, hemos escuchado historias sobre la presencia de los balleneros vascos en Terranova, también en Labrador, Groenlandia e Islandia, la pregunta es cuándo comenzó la navegación por el Atlántico hacia América desde estos lares.
.
El tratado naval del siglo XVII, ‘Us et Coutumes de la Mer’, escrito por el jurista Étienne Cleirac y editado en el año 1647, sitúa en cien años antes de la llegada de Colón al Nuevo Mundo esa fecha y, aunque pudiera parecerlo, esto no es en absoluto una bilbainada.
.
Se sabe, con certeza, que la época de esplendor de la actividad queda definida en el siglo XVI, y que en 1901 se arponeó a la última ballena dentro de las costas vascas. Montes y atalayas sirvieron para dar el grito de aviso sobre la presencia de loa cetáceos, para comenzar así las carreras entre remeros que dilucidarían quién llegaba en primer lugar hasta la pieza. En nuestras aguas se cazaba la Ballena Biscayensis (Ballena Vasca/Euskal Balea) hoy denominada ballena franca del Atlántico Norte o Eubalaena glacialis. Medía entre 15 y 18 metros de largo y pesaba aproximadamente 80 toneladas La elegían debido a que era más lenta, en la lucha natural por la supervivencia suelen perder quienes muestran algún defecto. Añadía, además, dos grandes ventajas, pues de ella se obtenía gran cantidad de grasa y flotaban tras morir.
Precisamente esa grasa era el elixir fundamental del trabajo, fundida más tarde, y transformada en aceite, daba buenos beneficios. Acabaría convertida en combustible vital para las lámparas y componente principal para la elaboración de la cera en las velas. Además, se aprovechaban los huesos para crear objetos decorativos y muebles, las barbas para hacer corsés y abanicos, la piel para elaborar suelas de zapato… El dinero sonaba con fuerza en la bolsa, de ahí la dedicación.
.
.
Bermeo
Los pescadores vascos
.
.
Las estimaciones establecidas por la historiadora canadiense Selma Huxley concretan en unos 5.000 los vascos que cruzaban cada año los casi 4.000 kilómetros de océano que separan Euskadi de Terranova para cazar ballenas y faenar el bacalao. Fue tanto el trasiego que incluso se originó un pidgin vasco-algonquino, una lengua simplificada para hablarse. Así se entendían con tribus como los micmacs y los innus, conocidos entonces como montagnais.
.
Entre los años 1560 y 1570, calcula Huxley, se habrían botado unas 30 naves con hasta 2.000 hombres procedentes de Guipúzcoa y el sur de Francia. Las expediciones podían durar nueve meses durante los que se alcanzaban a matar hasta 400 ballenas y producir 20.000 barricas de aceite.
.
El Museo del Pescador situado sobre el Puerto Viejo de Bermeo cuenta parte de esta historia. Enclavado en la histórica Torre de Ercilla, Monumento Nacional, se trata de uno de los pocos del mundo dedicado exclusivamente a mostrar a los visitantes el ámbito, vida, trabajo y técnicas de los pescadores. Por eso observarás artes y aparejos, embarcaciones y objetos relacionados con el mar desde la prehistoria hasta la actualidad. También acerca a la existencia de la Marina de Guerra Auxiliar de Euzkadi, cuyo núcleo principal estuvo formado por pescadores vascos.
.
.
Pasaia
Rumbo a Terranova
Si quieres saber de qué hablamos, la visita obligatoria pasa por Pasaia (https://albaola.org/). Allí queda cada vez menos para acabar con la reproducción de la Nao San Juan, cuyo original navegó por aguas próximas a Canadá en el siglo XVI, y en ellas se mantuvo hundida.
.
«Las pistas encontradas por Selma Huxley en los archivos de Oñati, Burgos y Valladolid desencadenaron la búsqueda de esta nao ballenera. Fue en 1978 cuando la encontraron», explican desde la factoría-museo. Después decidirían construir una réplica siguiendo las técnicas de aquellos tiempos… llevan ya más de diez años en el empeño. Este verano concluirán las últimas obras del galeón, y una vez acabado, viajará desde el puerto de Pasaia hasta el lugar donde se hundió, en Red Bay.
.
Es un ejemplo de los primeros buques de carga transoceánicos que zarpaban del País Vasco hacia Terranova. Reflejo del esplendor y hegemonía mundial de la industria marítima vasca, se hundió en 1565. La baja temperatura del agua y el fango lograron preservar el pecio en muy buen estado. «La madera, incluso algunas de las sogas, se conservaron de manera excepcional, dando pie a una investigación ejemplar en el ámbito de la arqueología submarina», recuerdan.
.
«La calidad del trabajo realizado hasta el momento por tantas personas recibió un reconocimiento especial en 2015, la UNESCO otorgaba su patrocinio al San Juan», añaden.
.
Pasaia se erigió como principal puerto ballenero de Europa, durante siglos zarparon desde su bahía protegida del Cantábrico grandes expediciones. La visita a La Factoría conecta con esa historia y permite, después, recorrer las calles marineras de San Juan y San Pedro o conocer la riqueza natural de Jaizkibel. Allí recordarás que, en la Alta Edad Media, los pescadores vascos cazaban los cetáceos que pasaban hacia las zonas de cría. En la parte alta de la villa vigilaba el ‘talayero’. Tras su aviso, partían las traineras con entre 10 y 15 hombres.
.
En la proa, el arponero dispuesto a clavar el arma en la base del cráneo del animal. A partir de ese momento, la lucha a tirones de la herida hasta su muerte. Una escena poco feliz, pero necesaria para la subsistencia.
.
.
Astigarraga
Saludable trago de sidra
.
.
.
Pioneros en la labor, los vascos fueron los únicos dedicados a ella en el Atlántico occidental hasta 1600. Al regresar de las expediciones canadienses, hacían escala en Islandia.
.
Las naos para estos viajes iban tripuladas por cien hombres pero, ya en destino, las ballenas se cazaban con txalupas y arpón. Una vez abatidas, eran arrastradas a tierra, donde se procesaba y se cargaba lo mas importante, el aceite y las barbas. El resto solían intercambiarlo por pieles con los autóctonos.
.
Enfrentar aquellas largas travesías supuso poner nombre y soluciones también a retos cotidianos de la navegación como comer y beber lo portado en el barco sin enfermar. Por eso las manzanas, la sidra en concreto, tienen mucho que ver con la labor de los balleneros.
.
El boom de la producción de sidra tuvo lugar en el siglo XVI, cuando los vascos destacaron por la solidez y calidad de construcción de sus naves y por el carácter bravío de sus marineros. Cuando partían, en las bodegas nunca faltaban miles de litros de sidra imprescindible para hidratarse.
.
El agua acababa pudriéndose, mientras que la sidra, fuente de vitamina C, ayudaba a prevenir el escorbuto. Por eso del consumo familiar se pasó a la producción y posterior venta en los puertos.
.
En el museo Sagardoetxea de Astigarraga podrás conocer esta historia y muchas otras, así como el proceso de elaboración. Ya sabes que ahora es buen época para acercarte, plena temporada de sidra, así que aprovecha y reserva mesa en una sidrería para gritar aquello de «¡txotx!» frente a la kupela.
.
.
Baiona y Ziburu
Molestos corsarios franceses
.
.
Allende los mares, los balleneros dormían en las naves que funcionaban como almacenes flotantes, entre mal olor y poca comodidad. Si el hielo aparecía antes de estar preparados para volver, padecían un invierno extremo. Especialmente trágica fue la invernada de 1576, que acabó con más de 300. No era fácil, pues, dedicarse a este oficio, pero en muchos casos era el único posible para subsistir.
.
De ahí que existiera una fuerte competencia e incluso refriegas entre balleneros de un lado y del otro. A ello se sumaban los corsarios, piratas autorizados a atacar los barcos de otros, de los contrarios a quienes servían. Para frenarlos, a finales del siglo XVII se construyó una fragata que defendía la costa donostiarra de ataques franceses.
.
La valentía de los marineros vascos creció de boca a boca, y las autoridades no tardaron en comprender que sería bueno apoyar las energías de aquellos marinos tratando de atraerlos a sus causas.
.
Joanes de Suhigaraychipi, ‘Le Coursic’, se convirtió en uno de esos corsarios franceses que por entonces atacaban nuestra costa. Nacido en Baiona, trabajó a las órdenes de la monarquía de su país y ganó varios títulos de nobleza por sus servicios. La ‘Légère’, su fragata, tenía autorización contra españoles y holandeses. En menos de seis años capturó cien navíos. Fuera de estas aguas, navegó hasta Spitzbergen, en el norte de Europa, de donde regresó con un cargamento de ballenas holandesas.
.
Invitamos a conocer su localidad natal, todavía existe en la calle Galuperier 3 el edificio donde vino al mundo. Y a acercarse hasta el puerto de Zokoa, en el municipio de Ziburu, desde donde partían su fragata y otras embarcaciones dedicadas a la caza de los grandes mamíferos marinos.
.
En 1530, ese puerto podía albergar cuarenta embarcaciones; hoy día luce distinto, utilizado sobre todo por pequeñas naves de pesca o de recreo, y por ‘battelekus’, barcos tradicionales de colores que participan en el Trofeo Teink.
.
El rey Luis XIII mandó levantar el fuerte del municipio, en 1627, para proteger los barcos amarrados. Rodeado por una muralla, torre circular, una capilla dedicada a Saint-Pierre y alojamientos componen su cuerpo. El ingeniero militar Vauban, reclamado en este caso por Luis XIV, le otorgó el aspecto militar que confiere la torre almenada.
.
.
Hondarribia
La ballena cabezota
.
.
Parece que el primer documento gráfico referente a la caza de ballenas procede aquí. Se trata del sello del Concejo de Hondarribia en un documento de 1297, «la más antigua representación de arponeo de ballena conservada en Europa», según los expertos. Los siglos XIII y XIV resultaron buenos para el trabajo, la decadencia comenzó en el XVI y XVII y prácticamente desapareció en el XVIII. «En Hondarribia entre los años 1610 y 1615 se mataron 21 ballenas y solo en 1631 se capturaron 5.
.
Durante el siglo XIX, sin embargo, en todo el litoral cantábrico se cazaron 4 ejemplares, uno de ellos allí en 1805. «Llegaron incluso desde San Sebastián para verla por lo raro del asunto», aseguran desde Turismo local. En 1901, Orio sumó la única captura con la ayuda de dinamita.
.
Las migraciones de las ballenas son bastante estables, tanto que los mismos animales pueden ser reconocidos año tras año. Una fue famosa por su repetida presencia en el cabo Higuer y la isla Amuitz entre 1881 y 1892. El primer año encalló en la barra de Hondarribia, no consiguió salir de allí a pesar de sus violentas sacudidas hasta que subió la marea. Hubo intentos de cazarla, pero sin éxito.
.
El armador Ignacio Mercader incluso trató de atraparla con un arcabuz cuyo arpón iba provisto de un explosivo que se accionaba eléctricamente, pero nada, logró escapar a pesar de que el hombre acertó en la cabeza. Aunque la creían muerta, empecinada regresó ocho días después. Y lo siguió haciendo años después, con su cicatriz bien visible, y aprendida sobre cómo huir si se la acercaban, convertida en heroína de la prensa nacional.
.
Curiosamente, sus embestidas hacían huir a anchoas y sardinas aguas arriba, mientras en Hondarribia los pescadores se quejaban de que no podían pescar, en el Adour, Bidasoa, Urumea y Oria atrapaban anchoas con cubos. Su leyenda engordó con el tiempo, incluso llegaron a asegurar que el cetáceo permitió a un perro de lanas caminar sobre su lomo. Destrozó barcos que chocaron con la rotundidad de su cuerpo mientras dormía.
.
En 1888, alegando que era un peligro para la navegación y no permitía pescar, el Vicealmirante Prefecto Marítimo de Rochefort envió cañoneras… todo dio igual, debió morir ya de vieja. Se llamaba Leticia.
.
Los expertos calculan que, antes del inicio de la caza de ballenas en la Edad Media, habría unas 13.000 Balaena Biscayensis. En 1937 fue declarada especie protegida, pero ya solo quedaban unos 50 ejemplares. En 2003 se censaron 342 fuera de nuestras costas, por aquí ya apenas se acercan.
.
Tras leer estas andanzas, vale la pena acercarse a conocer el antiguo arrabal de pescadores de Hondarribia, antaño no podían vivir intramuros. Habitaban humildes casas pegadas al monte que no debían ser demasiado sólidas pues eso habría permitido al enemigo hacerse fuerte en ellas y atacar la ciudad. Ahora, aquel arrabal se ha transformado en una de las zonas más bulliciosas y buscadas de la localidad, repleta de bares y restaurantes donde degustar pescado fresco.
.
.
.
.
.
.
.
.