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El último bosque autóctono de Bilbao

Armotza (Bizkaia)

 

Domingo, 2 de marzo 2025

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El monte Arraiz era un pertenecido a Don Juan Martínez de Rekalde en tierras de la anteiglesia de Abando y su montazgo y propiedad se transfirió al Concejo de Bilbao en 1578. Más tarde se explotaron allí, desde 1864, las minas de ‘La Mariquita’.

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La toma de posesión de los tajos se hizo siguiendo el ritual de «real corporal vel-cuasi», según el cual el propietario debía introducirse en la mina y tomar algo de mineral arrojándolo a lo alto y entonces el alcalde le otorgaba la concesión para extraer de ella lo que hubiera de provecho.

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Los mineros arrancaron lo que pudieron, desventraron la montaña, se llevaron el hierro y dejaron aquello como está ahora, lleno de agujeros. El hierro lo disolvía el agua que manaba por la fuente que todavía existe en el barrio de Rekalde y no podía llamarse de otra manera: Iturri gorri.

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Decían que era tan saludable que curaba la anemia y hasta una fábrica de gaseosas que también portaba su nombre como marca llenaba sus botellas con ella. La fuente está ahí todavía, custodiada por San Juan Bautista desde una pequeña hornacina, y tiene dos caños: uno arroja sin parar el agua ferruginosa del manantial; el otro proporciona a quien lo abra el agua tratada.

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Todavía corriendo el siglo XX el agua de Iturri gorri se vendía en las calles de Bilbao y en especial el día de San Juan. La llevaban entonces en un burro que portaba dos barricas cubiertas de helecho para guardar toda su frescura.

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La fuente rara vez dejó de manar y alimenta con su caudal constante al arroyo Helguera, que nace más arriba del barrio del Peñascal, en la Fuente de la Teja, bajo la cresta entre los montes de Ganeta y Erreztaleku.

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Este arroyo corría antaño libremente hasta la calle General Concha pero después fue canalizado bajo el espacio urbano de Bilbao y aún lo cruza a través de una galería empedrada hasta desembocar en la ría, junto al puente de Deusto.

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Por encima de la fuente de Iturri gorri están los barrios de Betolaza y Uretamendi; también las minas, el castillo de Arraiz, el barranco de Armotza y en él el último bosque autóctono de Bilbao: una fresneda que nadie quemó porque quedaba arrinconada sobre un arroyo escondido.

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Por encima de Uretamendi los caminos que cada domingo recorren los paseantes marchan hacia Arraiz olvidándose de la regata de Armotza. Pisan un suelo alisado de todo uno para evitar el barro y no conocen la diversidad que allí, a un costado, se esconde en un bosquecito típico de zonas húmedas, donde predominan los fresnos, avellanos y abedules y crecen también el castaño, la encina o el acebo.

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Varios abrevaderos de ganado se llenan con el agua corriente y verdaderas espesuras arrinconadas se aprietan entre zarzaparrillas y hiedras. Bellísimo.

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Por encima queda el bosque de pino albar que rodea las alturas de Arraiz. A la izquierda, la Casa Gallega, un popular merendero venido a restaurante concurrido; más lejos las cavidades de las antiguas minas. A la derecha el amplio espacio verde del área recreativa.

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Cerca, las ruinas del castillo de Arraiz. Como el que hubo en Arnotegi, perteneció a las fortificaciones que los ejércitos carlistas instalaron en la periferia de Bilbao durante los tres sitios consecutivos que se desarrollaron en 1835, 1836 y 1876.

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En esta línea defensiva se situaban a lo largo del cordal tres fortines: Altamira, Kobetas y Arraiz. Un poco más al norte del castillo el mirador vigila toda la ría del Ibaizabal; a vista de pájaro nos invita a reconocer los barrios y lugares de Bilbao y su periferia. Bilbao es desde allí un mosaico de postal. A la espalda, en Armotza, queda el último bosque autóctono de Bilbao.

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