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Hace un siglo justo, a principios de 1925, las autoridades de Bilbao se propusieron poner fin a lo que podríamos llamar una disfunción simbólica: no podía ser que una villa con tanta devoción por su fundador no guardase, en algún imponente mausoleo, los restos mortales del insigne personaje.
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La escultura de Benlliure estaba bien como reconocimiento, aunque desde su inauguración en 1890 ya la habían trasladado dos veces (y aún le quedaba otra, la definitiva por ahora), pero a algunos intelectuales y políticos locales les parecía impropio que Don Diego estuviese enterrado por ahí, lejos del botxo.
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Ya a finales del siglo XIX, con el sexto centenario de Bilbao en perspectiva, se habían iniciado gestiones para remediar esta carencia, que quedaron en nada. En 1925 se retomó el asunto con renovados bríos, pero había que superar un pequeño obstáculo: los munícipes sabían que Don Diego había fallecido de enfermedad en 1310 mientras tomaba parte en el cerco de Algeciras, pero no tenían nada claro dónde demonios acabó sepultado.
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De hecho, andaban despistadillos. A mediados de febrero, en un día sin noticias, el alcalde Federico Moyúa dedicó su encuentro con los periodistas a explicar un proyecto a corto plazo. El vespertino ‘La Tarde’ recogió la conversación en estilo directo.
–Digan ustedes que uno de estos días de fiesta iré a Nájera.
–¿A buscar a Don Diego?
–Justo. A buscar a Don Diego López de Haro, por si fuera él el que está naturalizado allí, no obstante haber muerto en tierras lejanas. Porque en Nájera existe enterrado un López de Haro que bien pudiera ser el nuestro.
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La expedición, en la que iban a participar también el archivero y el secretario del Ayuntamiento, no fue finalmente necesaria, porque no tardó en caer un jarro de agua fría desde la localidad riojana. A su cronista oficial, Constantino Garrán, se le notaba perplejo: ¿ahora salían con estas los vascos? El erudito najerino publicó un artículo en ‘El Noticiero Bilbaíno’ para aclarar conceptos: «Me ha parecido increíble esa noticia. Porque el fundador de Bilbao no descansa en Nájera. El que yace en un magnífico arco fúnebre del Claustro de los Caballeros de Santa María la Real es su abuelo: el otro don Diego López de Haro, ‘el Bueno’, planeador y director de la célebre batalla de las Navas», ilustraba.
Garrán aclaraba que «los señores de Vizcaya alternaron por muchos tiempos los nombres de Lope y Diego» y aportaba copiosos datos históricos (y eso que escribía «de memoria», por hallarse fuera de Nájera), además de terminar con una advertencia: «Nuestro Diego es otro López. Pero, aunque fuera el mismo Diego que los bilbaínos buscan, nada podría conseguir allá el señor Moyúa, porque nada podrían concederle los najerinos», alertaba, invocando la condición de monumento nacional de Santa María la Real, que impedía «sacar de allá cosa ninguna, y mucho menos la osamenta de una gran figura histórica».
A su pueblo
En el periódico ‘La Rioja’, Garrán se explayó con más extensión y menos rodeos: «Dígasenos si sería digno e hidalgo el consentir que los bilbaínos se nos llevaran a su pueblo los restos mortales de un personaje histórico que nos es tan caro, aun en el caso de que el Don Diego López de Haro, su fundador, que ellos buscan, hubiera sido, que no lo es, el mismo, auténtico y verdadero Don Diego López de Haro, ‘el Bueno’, nuestro Señor, que nosotros hace setecientos años guardamos en nuestro insigne y arquitectónico Real Monasterio.
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No haremos tal cosa. Mucho, muchísimo ha bajado el pobre Nájera. Pero, ¡por Dios!, no tanto».
A finales de febrero, a la vez que se cerraba esa vía, el jefe municipal de Estadística, señor Negueruela, hizo llegar al alcalde un libro de su colección particular, publicado en 1735. En él se leía lo que, en realidad, también recogían historiadores como Labayru: el cuerpo de Don Diego «fue llevado a Burgos y enterrado en el convento de N.P.S. Francisco».
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Con el precedente de la reacción riojana, ‘El Noticiero Bilbaíno’ aconsejaba prudencia: «Los burgaleses son tan recios como los najerinos y habrían de oponerse con uñas y dientes a todo intento de traslado. Habría que ponerse en su caso…».
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Pero rápidamente cayó el segundo jarro de agua fría, que ahogó las aspiraciones de Moyúa. Esta vez fue el cronista de Burgos, Eloy García de Quevedo, quien publicó el correspondiente escrito en la primera página de ‘El Noticiero’. Su texto empezaba con la confirmación de que el Don Diego enterrado en la ciudad castellana era el fundador de Bilbao, también canónigo honorario de la catedral burgalesa.
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«Don Diego fue sepultado en la iglesia referida. Mas ¿es posible hallar hoy su sepulcro? Puede creerse que no (…). De la iglesia, y aun de la casa conventual de San Francisco, en cuyo solar se levantan las factorías militares, nada queda en pie», informaba García de Quevedo. El templo quedó destruido en la Guerra de Independencia «y nadie, cuando aquella lucha concluyó, pensó siquiera en recoger las cenizas de tantos héroes como allí yacían». Eso sí, al cronista burgalés no le parecía mal que los bilbaínos se llevasen lo que pudiesen encontrar «removiendo con cuidado los escombros o realizando excavaciones», aunque daba por hecho que se trataba de una empresa «imposible».
La estatua exiliada
La escultura de Don Diego se inauguró en 1890 en la Plaza Nueva, pero en 1894 pasó a la Circular y en 1919 a los Santos Juanes, donde, según ‘El Noticiero’, los chavales «hicieron cisco los bajorrelieves a pedradas». En 1925 se planteaban llevarla a la Plaza Elíptica, «centro del nuevo Bilbao», pero no se hizo y hubo que esperar a 1938 para su vuelta a la Plaza Circular, entonces rebautizada como de España.
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