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La mayor catástrofe de la historia financiera de Bilbao

El 10 de febrero de 1925 suspendía pagos el banco Crédito de la Unión Minera

 

Lunes, 17 de febrero 2025

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El 10 de ferrero de 1925, hace un siglo, saltó la noticia de la que sería la mayor catástrofe de la historia financiera de Bilbao: suspendió pagos el Crédito de la Unión Minera, que era, junto al Banco de Bilbao y al Banco de Vizcaya, uno de los tres pilares bancarios de la villa.

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La suspensión de pagos desembocó en la quiebra del Crédito. Fue provocada por la gestión fraudulenta de algunos directivos.

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El banco Crédito de la Unión Minera se había fundado en 1900 y había tenido una vida azarosa, cuyo principal hito había sido, antes de 1925, la suspensión de pagos de 1914, poco después de estallar la Primera Guerra Mundial: el pánico financiero se desató en Bilbao y fue a duras penas contenido por los principales banqueros bilbaínos.

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La agresividad del Crédito de la Unión Minera lo había cargado de activos delicados, de difícil cobro cuando estalló la contienda. Pudo recobrarse y desde marzo de 1915 volvió a operar con normalidad. La recuperación, alentada por el boom económico de los años de la Guerra Mundial, fue rápida, pero empezó a gestarse el desastre que llevaría al final del Crédito.

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Las cuentas que presentaba a fines de 1923 eran en parte falsas, pero señalan la importancia del Crédito de la Unión Minera: obtenía el 29% de los beneficios conseguidos por la banca local; concedía el 22% de los créditos, tenía el 17 % de las cuentas corrientes.

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Cuando suspendió pagos en 1925, la prensa fue extrañamente escueta, pese al calado de la noticia. Se limitó a publicar como «remitido» la siguiente nota: «Crédito de la Unión Minera.

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Este establecimiento se ha visto en la necesidad de presentarse en suspensión de pagos. Al mismo tiempo se ha encargado al presidente de la Cámara de Comercio, síndico presidente de la Bolsa de Bilbao, presidente de la Caja de Ahorros Provincial, Banco de Bilbao y Banco de Vizcaya, el estudio de la situación de este establecimiento y que procedan, si conviniera, a la liquidación del mismo, con el mínimo perjuicio para todos los interesados. Dichas entidades han aceptado el cargo. Bilbao, 10 de febrero de 1925».

Silencio frente al pánico

Nada interesante sobre el Crédito publicó la prensa aquellos días. Seguramente, se trataba de evitar el pánico. Por lo que explicaron después, no publicaron algunas noticias «relacionadas con el asunto del Crédito de la Unión Minera» «atendiendo y respetando, como siempre atendemos y respetamos, indicaciones superiores».

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Seguramente funcionó también una especie de patriotismo local. «Se trata de un asunto que afecta a Bilbao intensamente, y debemos sacrificar nuestro interés, el interés periodístico, a consideraciones de orden social, que deben pesar sobre todos los bilbaínos».

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Los periódicos alabaron la calma con que el público había respondido a la noticia y aseguraban que el Crédito tendría fondos para hacer frente a sus compromisos. En el mismo sentido se pronunciaba el propio Primo de Rivera el 12 de febrero, cuando aseguró que «la cartera del citado Banco está muy saneada y ni los intereses de los cuentacorrentistas ni de los obreros sufrirán quebranto alguno. No hay por tanto razón de alarma en la opinión pública».

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Sin embargo, la inusual y temprana intervención pública del dictador sugería que el asunto era serio. También alarmaría el primer comunicado, que hablaba de la posible liquidación del banco.

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A fines de mes era ya imposible ocultar la gravedad de la situación. «Las circunstancias son las más críticas por las que ha atravesado la economía vizcaína», declaraba el presidente de la Cámara de Comercio de Bilbao el 1 abril de 1925. Había quebrado el Crédito de la Unión Minera y estaban en juego los fondos de 38.316 clientes y el prestigio financiero de Bilbao.

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«Hay que velar por el crédito de Bilbao, que no podemos tirar por la ventana sin serio peligro de que se comprometa a nuestro porvenir» . Por entonces, varios miembros del Consejo de Administración del Crédito estaban en la cárcel. Era algo insólito, en una ciudad cuya banca, una de sus principales baluartes, se asentaba sobre el prestigio y honestidad de sus directivos.

Sospechas de fraude

Las Memorias anuales del Crédito habían mostrado durante años excelentes resultados. La ficción se terminó con la noticia de la suspensión de pagos.

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Pronto se intuyó que la crisis de 1925 era bien diferente a la suspensión de pagos de 1914. Se imponía la idea de que el fondo de la cuestión era un fraude cometido por algunos directivos. Los acontecimientos se precipitaron.

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El 12 de febrero el asunto pasó al Juzgado, que intervino las operaciones del banco. El 15 de febrero una Comisión exigía, sin éxito, que los consejeros del Crédito se responsabilizasen de las pérdidas. Los rumores hablaban de un agujero enorme, de unos 50 millones de pesetas.

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El 18 de febrero se declaró oficialmente la suspensión de pagos. Al día siguiente los consejeros del Crédito comenzaban a prestar declaración ante el juez, para pasar inmediatamente a la cárcel. A fin de mes se confirmaba la prisión para todos, salvo para tres. En un clima de catástrofe, se iba sabiendo que las pérdidas eran mayores que las declaradas.

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La nota más trágica fue el suicidio de Manuel Aranaz Castellanos, uno de los principales escritores y periodistas de la época -había dirigido ‘El Liberal’ y presidido el Ateneo- que era también agente de cambio y bolsa y que al parecer había tenido alguna intervención en las compraventas fraudulentas de valores.

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La prensa bilbaína le elogió unánimemente, pero sólo un artículo publicado en Madrid por su amigo Ramiro de Maeztu relacionó el suicidio –un tiro en la sien, en un caserío de Recalde, al que llegó tras visitar la Bolsa- con los acontecimientos económicos, sugiriendo que le traían la ruina: «al perder la fortuna te era duro volver a subir la cuesta».

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«Salvaste el honor […] Tenías la idea errónea de que el hombre que no puede afrontar sus compromisos debe pegarse un tiro».

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¿Qué había sucedido en el Crédito de la Unión Minera? El auto que emitió el juez el 27 de febrero de 1925 establecía indicios de fraude. Se habían formado memorias y balances ficticios, afirmaba. Lo peor: algunos consejeros habían sustraído fondos del Banco, e incluso valores propiedad de los clientes.

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Al parecer, la estafa se había incubado en 1919, cuando algunos consejeros «formaron un grupo que se denominó Financiero, sin cumplir ninguna formalidad delante constitución, cuya finalidad era la especulación en Bolsa», que en parte se financió con recursos irregularmente extraídos de la Caja del Banco.

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Y «a partir de una fecha que no podido ser determinada aún, pero sí que es anterior al año 1921, se ha venido extrayendo de la caja del Crédito de la Unión Minera, valores de los constituidos en depósito de custodia».

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Todo indica que los consejeros del Crédito comenzaron a especular en Bolsa durante los años en que se mantenía la euforia financiera, y que para ello echaron mano de los fondos del banco. Posiblemente, con el crack bursátil de 1921 tal actividad se saldó con pérdidas.

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Para taparlas siguieron actuando fraudulentamente y llegaron a sustraer los valores de los clientes que el banco tenía en depósito. La formación de balances ficticios, que en diciembre de 1924 mostraban una situación halagüeña, con beneficios de 11 millones, no pudo ocultar el desastre. Las pérdidas eran enormes. Se evaluaron en 252 millones, una cantidad muy superior al capital del banco, que era de 30.

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La quiebra del Crédito de la Unión Minera tenía grandes implicaciones. Había que dilucidar la gestión de los consejeros y la posibilidad de que existiesen conexiones políticas. Era preciso solventar el problema económico, que afectaba a miles de ahorradores, industriales y comerciantes.

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Para arreglarlo se movilizaron las fuerzas vivas de la economía vizcaína. Estaba en juego el prestigio financiero de la villa. El asunto se enlazó con la negociación del Concierto Económico, que se realizó ese año. Será objeto de otro artículo.

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