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Un recorrido por los faros y las islas de Bretaña, el destino que sedujo a Monet
Esta región francesa ha inspirado a escritores y pintores durante décadas gracias a sus pequeñas penínsulas y bahías, donde se esconden auténticos tesoros por descubrir. También es un destino especial para buscadores de torres de luz, algunos alzados en lugares inverosímiles que parecen iluminar el fin del mundo
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El Atlántico azota con fuerza las recortadas costas de la península de Bretaña. Es una de las regiones con más carácter y más cargadas de leyendas de Francia. Sus paisajes marítimos sublimes que han inspirado a escritores y pintores y su espectacular costa, respaldada por pueblos medievales y grandes bosques, es generosa en prehistoria y misticismo. De sus puertos (Saint-Malo, Dinard, Dinan…) han salido los grandes aventureros y navegantes franceses, y en sus pequeñas penínsulas, bahías e islas se esconden auténticos tesoros por descubrir.
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Una posibilidad para descubrir paisajes grandiosos es salir a alta mar y casi todos los puertos bretones ofrecen la posibilidad de hacerlo. La otra es recorrer la costa por carretera, desde el Mont-Saint-Michel o desde Saint-Malo, siguiendo hacia el oeste las sinuosas Costas de Armor, la extrema Finisterre o, ya en el sur, los recortados entrantes del golfo de Morbihan.
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Las islas bretonas reflejan la diversidad de los paisajes continentales de la región. Las hay amables y floridas, como Bréhat o la isla de Moines, o llenas de contrastes, como la Belle-Île-en-Mer, donde la naturaleza no ha escatimado esfuerzos. Muchas están asociadas a leyendas; otras aparecen custodiadas por míticos faros… y en todas: mucha magia y una personalidad insular muy marcada.
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Encontramos islas por todas partes, comenzando por el norte, en las Costas de Armor, con rincones como la isla Bréhat, o dando la vuelta por el Finisterre, con más de 50 islas e islotes para elegir, con jardines exuberantes y restos megalíticos, a unas pocas millas del continente.
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Bretaña es también un destino especial para buscadores de faros, algunos alzados en lugares inverosímiles que parecen iluminar el fin del mundo.
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Algunos son museos que se pueden visitar, otros siguen en activo y se pueden contemplar como sus altas siluetas advierten y transmiten, todavía hoy, seguridad a los navegantes.
Más información en la nueva guía Lonely Planet Lo mejor de Bretaña y Normandía y en www.lonelyplanet.es
Islas y faros en las Costas de Armor
Al norte de Bretaña, se extienden las Costas de Armor, un departamento francés donde las puntas accidentadas se asoman al Atlántico. Armor es un rincón muy francés para disfrutar de los placeres del mar. Aquí está por ejemplo el cabo de Frehél, azotado por el viento y con acantilados de aúpa, observando al fuerte La Latte, que conserva su puente levadizo, sus murallas e incluso un jardín medieval.
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O la marítima abadía de Beoauport, a pocos minutos del centro de Paimpol, uno de los hitos turísticos bretones que hace alarde de sus raíces marítimas. Por no hablar de las joyas arquitectónicas de Dinan, Erguy, Tréguier y Binic, con sus míticas epopeyas de viejos pescadores embarcados hacia Terranova. Y también sus islas, como Bréhat, con su clima suave, o las del archipiélago de Sept Îles y sus nubes de pájaros.
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El fuerte La Latte en Bretaña, Francia. JordiCarrio ( Alamy Stock Photo/CORDON PRESS)
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Si hubiera que escoger uno solo de estos lugares, tal vez habría que asomarse al cabo de Fréhel, azotado por el viento y con acantilados de 70 metros, que ofrece una de las vistas más impresionantes de Bretaña. Es el segundo sitio natural más visitado de Bretaña y su faro es uno de los más potentes de Francia, desde donde además del mar, se contempla un paisaje terrestre con una paleta poco habitual de colores en cualquier momento del año (amarillo, violeta, verde, azul), iluminado por la luz cambiante del cielo, todo ello bajo una brisa marina que lo baña todo.
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También es un lugar imprescindible para los amantes de la naturaleza: estos acantilados son el hábitat de centenares de aves, algunos rarísimos de observar en otros puntos. Y sobre su punta rocosa, un castillo, el fuerte La Latte, que nos sonará irremediablemente porque ha servido de escenario de películas, sobre todo de vikingos.
Flores y pájaros en Brehat y Sept-Îles
Otro de los hitos de Armor es Île-de-Bréhat, la “isla de las flores” que en realidad son dos islas unidas por un puente construido en el siglo XVII. Es un destino ideal para los amantes del senderismo y el ciclismo porque está prohibida la circulación de vehículos a motor. Especialmente en temporada baja, se respira una paz y tranquilidad difícil de encontrar en cualquier otra parte.
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Bréhat le debe mucho a la corriente del golfo, que crea un particular microclima y hace que en la isla crezcan rosales, hortensias y madreselvas, pero también árboles y plantas típicas de latitudes más soleadas, como higueras, palmeras y eucaliptos.
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Las dos islas están conectadas por un puente construido en 1694 por Vauban (el constructor de fortalezas omnipresente en Bretaña). Los visitantes desembarcan en el puerto (Port Clos) por el lado sur, para dirigirse hacia el norte, al faro del Paon. Son 3,3 kilómetros de lo más transitado, especialmente por ciclistas, pero hay caminos secundarios en los que también se pueden incorporar caminantes.
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Generalmente, en temporada alta, uno se siente más libre a pie que sobre ruedas.
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A Bréhat nadie va para bañarse, pero si no podemos pasar sin un chapuzón, se puede ir a Guerzido (sur), la única auténtica playa de la isla. Cuando la marea está alta, también se puede ir a La Corderie.
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La isla es víctima de su éxito (5000 personas al día en verano para una superficie de poco más de 3 km2) y el ayuntamiento de Bréhat está pensando en limitar la frecuencia de los autobuses para proteger la vida cotidiana de los isleños y el placer de los visitantes.
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Isla de Brehat, en Francia.Uwe Moser Moser ( Alamy Stock Photo/CORDON PRESS)
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Y más hacia el oeste, sin dejar las Costas de Armor, encontramos otro hito insular: las Sept-Îles (Siete Islas), que a pesar de su nombre en realidad son solo cinco (Rouzic, Malban, Île aux Moines, Île Plate y Bono), completadas por los islotes rocosos de Constans y de Cerfs. Este archipiélago salvaje, a unos 7 kilómetros de Perros-Guirec (la “capital” de la llamada Costa de Granito Rosa), es la reserva natural ornitológica más antigua de Francia y una de las más importantes de Europa. Alberga 27 especies de aves reproductoras, con más de 23.000 parejas.
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Los ornitólogos conocen bien el valor de todas estas colonias, pero no está permitido desembarcar en el archipiélago, excepto en la isla de Moines, que cuenta con un faro automático, así como con las ruinas de un convento del siglo XV y un fuerte.
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Lo que sí que hay son excursiones en barco alrededor del archipiélago que salen de Perros-Guirec, de Plumanac’h y Trégastel. Frente a este último punto, uno de los destinos vacacionales bretones por excelencia, se despliega un collar de islotes de granito en los que el agua, las rocas y el viento libran una feroz batalla.
Finisterre, islas perdidas donde acaba Europa
El Finisterre bretón es el departamento con litoral más extenso de toda Francia, una especie de isla perdida en los confines de Europa.
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Tal vez es lo más auténticamente “bretón” de toda Bretaña. De Ouessant a Sein, pasando por Crozon, el cabo de Sizun, los Montes de Arrée o las Montañas Negras, se respira un ambiente que evoca al fin del mundo en medio de un entorno natural de lo más salvaje y sorprendentemente bien conservado.
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Son pueblos y ciudades de granito, austeros, pero con un patrimonio excepcional, y como prueba están por ejemplo Quimper o Locronan.
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En los puertos (Camarte, Concarneau, Douarnenez…) el balanceo de los barcos de pesca pone el tono romántico, pero también las casas de los armadores, símbolos de aquella riqueza proveniente del mar, el elemento omnipresente, que presenta muchos matices en su paleta de tonos azul-verdosos.
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La más lejana de las islas bretonas está aquí, a unos 15 km de la costa. Es la isla de Ouessant, custodiada por un cinturón de escollos, en el llamado mar de Iroise. Son solo 15 km de distancia, pero parece ser otro mundo. “Quien ve Ouessant ve su sangre”, dice el refrán, en referencia a sus arrecifes.
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La mayor isla del mar de Iroise, tierra de marineros con cinco faros, atrae a los amantes de la naturaleza virgen.
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Una mujer pasea en bicicleta eléctrica por Finisterre, Francia.Uwe Moser Moser ( Alamy Stock Photo/CORDON PRESS)
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Aquí hasta hace poco todos los hombres eran marineros y las mujeres se dedicaban a cultivar la tierra cuidar de las ovejas. Y en torno a ellos, costas salvajes, acantilados azotados por el rocío marino, páramos de brezo y tojo, playas de arena o guijarros y casas con contraventanas azules.
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La mayoría de los visitantes pasan un solo día en Ouessant, pero se necesita algo más de tiempo para explorar todos los rincones, sobre todo para aprovechar y hacer una excursión a la isla de Molène, con un paisaje más suave y un ambiente más tranquilo que su vecina.
Faros de rayas que alumbran el fin del mundo
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En el fin del mundo, son imprescindibles los faros, como el de Créac’h, una torre cilíndrica de rayas blancas y negras que desafía las olas 75 metros sobre el océano, y que ve pasar cada año los 50.000 barcos que cruzan el paso marítimo de Ouessant.
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Se encendió por primera vez en 1863, sigue en uso y no puede visitarse, pero sus alrededores y las formidables rocas que bordean la punta de Pern son algo realmente excepcional. Es el faro más occidental de Europa y el más potente del continente. Al caer la noche, cuando se enciende, es un espectáculo impresionante.
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El faro Créac’h, en la isla de Ouessant.Mathieu Rivrin (GETTY IMAGES)
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En la antigua sala de máquinas del faro de Créac’h está el Museo de los Faros y Balizas, que explica la historia de la señalización marítima de la Antigüedad, pero también la vida cotidiana de los fareros antes de la automatización de los faros.
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Y hay más faros sin irse muy lejos, como el pequeño faro blanco de Stiff, en Ouessant, que solo mide 33 metros pero se eleva hasta los 80 por encima de las olas, erigido en el punto más alto de la isla.
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Se le reconoce por su sorprendente doble torre y es uno de los más antiguos de Francia aún en funcionamiento. Este sí que se puede visitar para admirar las vistas del Mar de Iroise y el continente.
Dormir en un faro
Uno de los faros más famosos del Finisterre bretón es el de la Vierge, erigido sobre un islote a 2 kilómetros de la localidad de Lilia, operado a distancia desde el faro de Créac’h en Ouessant. Sirve para señalar la entrada al Aber Wrac’h. Con sus 82 metros y medio, es el faro con torre de piedra más alto del mundo.
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Su escalera de caracol, con 360 peldaños, asciende entre paredes revestidas de azulejos opalinos que cubren una superficie de 900 metros cuadrados y están diseñados para proteger el faro de la humedad. La subida se ve recompensada con unas vistas magníficas de la costa, el caos de los arrecifes y las islas (Wrac’h, Stagadon, etc.).
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Desde el 2021, es posible pasar una o dos noches en las bonitas dependencias sostenibles del antiguo faro de los guardas. A pesar de que la comodidad es relativa (sin agua ni electricidad), las reservas, que la oficina de turismo abre en noviembre para todo el año siguiente, se agotan rápido.
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A la isla de Vierge se llega en barco con la agencia Vedet-tes des Abers que salen de los puertos de Lilia en Plouguerneau o del Aber Wrac’h. Para hacer el trayecto de ida y vuelta a remo, el Club Nautique de Plouguerneau alquila kayaks en la playa de Kervenni, en Lilia. Quien prefiera admirar el faro desde tierra puede acudir a Meledan, en Lilia.
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Vista interior del faro de Vierge, en Bretaña, Francia.Laurent Renault (GETTY IMAGES)
La isla de de Sein, un lugar peligroso y cambiante
Barrida por vientos y olas, la punta de Raz está cubierta de páramos salvajes.
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Sus acantilados de 70 metros de altura ofrecen unas vistas panorámicas a la isla de Sein, un pequeño rincón paradisíaco donde la luz y la brisa marina adquieren tintes más propios del mundo onírico que de la realidad. Los días de tormenta, cuando los elementos se desatan, el espectáculo es sobrecogedor.
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Al llegar a la punta de Raz, uno se encuentra un espolón rocoso de contornos cincelados que sobresale entre la espuma blanca de las olas, donde se alza, como el último bastión para los navegantes, la alta silueta del faro de la Vieille. Desde la punta de Raz, la isla de Sein parece tan cercana como inaccesible.
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Este lugar, distinguido con la etiqueta Gran Lugar de Francia, (800 000 visitantes anuales) decayó víctima de su éxito; para protegerlo, a finales de la década de 1990 se derribaron tiendas y hoteles, y el aparcamiento retrocedió 1 kilómetro. Las nuevas infraestructuras se integran bien en el paisaje, lo que hace que la visita resulte aún más impresionante.
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Isla de Sein, en Francia. Mathieu Rivrin (GETTY IMAGES)
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La isla de Sein es un minúsculo trozo de tierra desnuda a 8 kilómetros de la punta de Raz, rodeado de corrientes imprevisibles y clasificado como zona sumergible –el punto más alto de la isla solo alcanza los 9 metros–, y situada al borde de uno de los pasos marítimos más peligrosos del mundo. Sus habitantes siempre han tenido que luchar contra los elementos para asegurar su supervivencia.
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Sin embargo, a pesar de su aspecto austero, la isla tiene un lado más tranquilo, con sus fachadas de colores que se alinean en los dos muelles, bajo la luz cambiante del mar. Los coches están prohibidos y solo los residentes pueden circular en bicicleta, así que la tranquilidad para pasear por las callejuelas del pueblo está asegurada.
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El faro de Goulenez, en el extremo occidental de la isla, ofrece unas magníficas vistas. Y por supuesto, toda la isla es un paraíso para observar aves, sobre todo en otoño.
Islas del golfo de Morbihan
Y aún nos queda por recorrer el sur de la península de Bretaña, más resguardado pero también expuesto al mar y a sus entrantes, que ha forjado el alma de esta “tierra intermedia” de Morbihan, donde nunca se sabe si a la vuelta de la esquina uno se encuentra en un fragmento de tierra solo accesible cuando la marea está baja o si se sigue estando en el continente; si el agua que aparece de repente es la de un río o si se trata de una extensión del océano.
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En el interior de Morbihan están los famosos bosques bretones y los castillos, las ciudadelas y también los alineamientos megalíticos como Carnac. En la costa, las islas con canales, penínsulas, rías y el “pequeño mar” poblado de islotes. Pero también se puede saltar entre las islas del golfo de Morbihan, o descubrir el mundo de las regatas de alta mar en Lorient.
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El golfo de Morbihan está salpicado por una constelación de 50 islas e islotes (la isla de Moines, Arz o Gavrinis con sus restos megalíticos…), todo a unas pocas millas del continente y que hay apreciar visitando los diferentes puertos costeros, navegando o, los que prefieren ir a pie, siguiendo el sendero costero (GR-34 Sentier des Douaniers) que le da toda la vuelta al golfo, de Locmariaquer a Port-Navalo: más de 180 kilómetros de ruta señalizada.
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Casas en el golfo de Morbihan, en Vannes.Tuul & Bruno Morandi (GETTY IMAGES)
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La isla de Moines es la estrella del golfo, la mayor y más poblada isla de este pequeño mar, como un gran jardín en forma de cruz, cubierto por camelias, eucaliptos, mimosas y hortensias, pero también llena de jardines con cipreses, palmeras, naranjos, higueras e incluso algunos olivos. Es un destino de apariencia exótica que invita a pasear con calma, a solo 5 minutos en barco del continente. No le faltan monumentos megalíticos, pero tampoco el recuerdo de sus pescadores, que desaparecieron en 1950. Hoy es un lugar de segundas residencias y veraneo, por lo que conviene ir fuera de temporada para descubrir la serenidad del lugar.
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Más protegida, más plana que una tabla, la isla de Arz conserva su ambiente recóndito, a diferencia de su vecina Moines, sobre todo en temporada alta. Todo un paraíso para las aves. Sus salinas, prados y calas rodean un bonito pueblo en el corazón de la isla.
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Tiene también dólmenes megalíticos y ha dado varias dinastías de capitanes al mar (así se la llama: “la isla de los capitanes”). Un sendero costero da la vuelta a la isla y es un fantástico paseo.
Belle-Île-en-Mer, el lugar que sedujo a Monet
La naturaleza ha sido generosa con este rincón de Bretaña, a 15 km mar adentro desde la costa de Quiberon. En sus 20 km de largo y 9 de ancho, la isla ofrece una impresionante variedad de paisajes: campos ondulados, a veces con bosques, donde pastan vacas y ovejas, y agradables playas, y oscuras formaciones rocosas en la Côte Sauvage (Costa Salvaje) que fascinaron al pintor Claude Monet.
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Solo hay 6000 habitantes permanentes, pero en verano está saturada de turistas. Para llegar solo hay que coger el barco desde la pequeña península de Quiberon o, en verano, desde algunos otros puertos de la zona.
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Pero hay más islas en la zona y entre las de más carácter, merece la pena dejar el continente para ver Houat y Hoëdic, dos peñones frente a Belle-Île, que son como diamantes en bruto formados por brezales azotados por el viento, grandes playas donde uno se siente como si fuera la primera persona que las pisa, y en Houat, un pueblo encantador, con casas blancas con contraventanas azules en un laberinto de callejuelas.
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El arco de Port Blanc, en Francia.Jerome COLOMBO (GETTY IMAGES)
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En Hoëdic, una isla plana de solo 2,5 por 1 kilómetro, azotada por el viento y con un encanto austero, viven un centenar de personas. Hay calas con pequeñas playas y rocas, una flora única y todo sobrevolado por aves. Una isla tranquila perfecta para los amantes de la naturaleza y para quienes buscan lugares lejos de la civilización.
Cairn de Gavrinis (Gavriniz), la Capilla Sixtina del Neolítico
Frente a Carnac, la joya arqueológica megalítica del golfo de Morbihan, visitada por miles de turistas, encontramos también una isla muy singular, que conserva la “Capilla Sixtina del Neolítico”, un monumento megalítico excepcional que consiste en un dolmen bajo un cairn (un túmulo; es decir, está recubierto de piedra seca) construido cerca del 3500 antes de Cristo, seguramente destinado al culto de los difuntos. En esta época, el nivel del mar era más bajo y la isla se encontraba unida al continente.
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Con un diámetro de 50 metros y una altura de 6, este cairn es famoso por sus magníficos grabados, que representan hachas, arcos y flechas, cruces o serpientes que adornan la pequeña cámara funeraria y la galería que conduce a ella. Aunque han sido estudiados desde hace 150 años, su significado sigue siendo un misterio.
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El cairn (túmulo) de Gavrinis, un monumento megalítico excepcional también llamado la «Capilla Sixtina del Neolítico».Tuul And Bruno Morandi ( ALAMY/CORDON PRESS)
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La armonía de esta obra de arte universal es sobrecogedora e inspiró, entre otros, al pintor J. M. W. Turner y al escultor Henry Moore. Para visitarlo, hay que reservar. Además de esta joya, esta pequeña isla salvaje de 15 hectáreas ofrece unas vistas únicas del golfo de Morbihan. Se pueden observar sin dificultad garzas, garcetas y gaviotas, por no hablar de la danza de las barcas ostrícolas.
Más información
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